Fuente: Basado en el cuento “El árbol generoso” de Shel Silverstein, autor estadounidense. Publicado en 1964.
Muchas veces uno quiere dedicarle tiempo, amor, e incluso ayuda financiera a sus seres queridos, pero puede ser muy peligroso poner de prioridad a alguien que no te tenga como prioridad a ti. En una relación de iguales, como por ejemplo una pareja o una amistad, si deseas recibir en la medida en que das, tienes que dar en la medida en que recibes. Si te dan lo mínimo, tendrás que obligarte a dar lo mínimo también, incluso si va en contra de tu naturaleza.
Las cosas más valiosas suelen encontrarse al otro lado del miedo.
Esto es vivir con valor. Soy Achira. Alguna vez lo has dado todo por alguien para luego descubrir que ellos no darían nada, absolutamente nada por ti.
Te voy a contar una parábola. Había una vez un árbol de manzano que amaba a un niño. Y el niño amaba al árbol.
Le encantaba treparse por el tronco, columpiarse desde las ramas, comerse las manzanas, dormir bajo la sombra. El árbol siempre se ponía tan feliz cuando venía corriendo el niño después del colegio. Y el niño se escondía entre sus hojas y le contaba sus secretos.
Y eran los mejores amigos. El árbol daría cualquier cosa por ese niño. Pero a medida que el tiempo iba pasando, el niño iba viniendo menos y menos.
Ya estaba haciéndose más grande, ya tenía más tareas, ya tenía otras cosas más importantes que hacer. Y un día, cuando el niño finalmente, luego de mucho tiempo de estar ausente, vino a visitar al árbol, se veía triste. Pero el árbol estaba feliz de verlo.
Amiguito, le dijo, ¿por qué estás triste? Cuéntame, ¿te puedo ayudar? No, no puedes, dijo el niño tristemente. Estoy triste porque en el colegio se burlan de mí, porque soy el único que no tiene dinero. Y ellos siempre compran cosas en la cafetería, se compran las mochilas más bonitas, tienen para gastar, y yo no.
Así que no me puedes ayudar, amigo mío, porque tú no tienes dinero. No, dijo el árbol, es cierto. Ay, pero le dolía tanto ver a su amiguito tan triste.
Al árbol se le ocurrió una idea. ¿Y por qué no llevas de mis manzanas y las vendes? Y así tendrás dinero. ¿En serio? Dijo el niño.
¿Harías eso por mí? Por ti haría lo que sea, dijo el árbol. Anda, toma todas las manzanas que necesites, para que sí seas feliz y puedas venir nuevamente a jugar conmigo. ¡Gracias! ¡Wow! ¡Eres el mejor! Te prometo que volveré más seguido y te acompañaré más.
¡Qué buen amigo eres! Y el árbol se sintió feliz, feliz, feliz, feliz. ¡Claro que sí! Dijo el árbol. Siempre puedes contar conmigo.
Aquí estoy. Y vuelve pronto. El niño llenó una canasta entera de las manzanas más rojitas y más bonitas y se las llevó nuevamente dando las gracias.
Y el árbol se sintió tan feliz porque le había ayudado a su amigo. Pero el niño se demoró mucho en volver y el árbol se sintió solo y se sintió triste. Lo extrañaba.
Le hacía mucha falta. Y cuando finalmente el niño volvió, nuevamente se veía triste. ¡Ay! Pero el árbol se puso tan, tan feliz al verlo.
Le había hecho tanta falta. ¡¿Qué te pasa?! Dijo el árbol. ¡Ven, ven! ¡Abrázame, para que te sientas mejor! ¡Gracias! Dijo el niño.
Pero abrazarte no me hará sentir mejor. Me sirvió muchísimo poder vender esas manzanas. Gracias.
De verdad, lo necesitaba tanto. Pero esta vez necesito más dinero. Porque ahora estoy más grande, ¿sabes? Y hay una chica bonita que necesito impresionar.
Tengo que llevarla a algún lugar lindo para que ella quiera estar conmigo. Así que me temo que tendré que llevarme todas tus manzanas esta vez. ¡¿Todas?! Dijo el árbol.
¡Ay, amigo! Pero claro que te puedes llevar manzanas. Pero si te las llevas todas, ¿qué van a comer los animalitos? ¡Creí que eres mi amigo! Dijo el niño. ¿No pues que podía contar contigo? Creí que me querías ayudar.
``` ```html¡Claro que te quiero ayudar! Dijo el árbol. Tranquilo, olvídalo. No, no dije nada.
Por supuesto, por supuesto. Puedes llevarte todas las manzanas. Sabes que puedes contar conmigo para las que sea.
Y por ti, por ti daría cualquier cosa. Así que el niño trajo cuantas canastas pudo conseguir y recogió hasta la última manzanita, hasta las más chiquitas que no habían alcanzado a madurar. Y dio las gracias y se fue.
Y el árbol se quedó... feliz. Sí, sí, estaba feliz. Claro que estaba feliz.
¿Hacer al niño feliz lo hacía feliz a él? ¡Claro! Estaba feliz. ¿Por qué no habría de estarlo? Pero el niño tardó mucho, mucho, mucho tiempo en volver. Y cuando finalmente volvió, habían pasado años.
Era todo un señor ya y traía un anillo sobre el dedo. Necesito una casa para mí y para mi familia, dijo el niño. Así que he venido por tus ramas.
¿Por mis ramas? Pero... Gracias, dijo el niño. Sabía que podía contar contigo. Y cortó todas las ramas y se las llevó para hacer su casa.
Y el árbol... Bueno, la verdad es que ahora el árbol realmente no se sentía feliz. Pasaron los años y caía la lluvia sobre el tronco. El tronco desnudo ya, sin ramas, sin frutas, sin hojas, sin sombra.
Solo el tronco allí. Pero el árbol seguía pegado a la esperanza de que algún día vendría nuevamente el niño a abrazarlo. Sin embargo, cuando finalmente regresó el niño, traía un hacha y no pidió permiso y no dio las gracias.
Simplemente taló el árbol hasta la base y se llevó la madera. Quién sabe para qué la necesitaría. Y el árbol no se sintió feliz para nada.
Pasaron los años. Muchos años. Caía la lluvia y quemaba el sol.
Y finalmente, cuando el árbol volvió a ver al niño por última vez, el niño ya era un anciano. ¿Qué quieres ahora? Dijo el árbol. No tengo manzanas, ni ramas, ni madera.
Soy solo un tronco. No tengo nada para darte. Estoy muy viejo, dijo el niño, y ya mis dientes no dan para comer manzanas.
Y no tengo la energía de columpiarme por tus ramas, ni la fuerza de subirme por tu tronco. Ahora lo único que busco es un lugar donde pueda sentarme y recordar. Pues eso sí te lo puedo dar, dijo el árbol.
Y el niño se sentó. Y el árbol recordó. Y ambos se sintieron muy, muy tristes.
Este es uno de los cuentos que puede pegar duro. Hay personas que se me han acercado llorando y diciendo, ¿pero por qué lloro? Esto no me pasó a mí. Claro que te pasó a ti.
Por eso lloras. Una historia solamente puede romperte el corazón si tu corazón ya está roto. Y si este cuento te afecta de esa manera, seguramente es porque te ha pasado, que has dado y dado y dado, y luego llega el día en que te das cuenta que no has recibido nada a cambio.
Las personas de gran corazón no se dan cuenta al principio. Dan y siguen dando porque quieren dar, y no están llevando cuentas porque no dan por interés, no piensan cobrarle favores a nadie, no piden nada a cambio. Aman incondicionalmente.
Pero inevitablemente llega el día en que ya no tienen nada para dar. Y creería uno que todas esas personas a las que uno le dio tiempo, cariño, ayuda, creería uno que estarían ahí para uno cuando uno los necesita, ¿no? Eso creería uno. Durante casi toda mi vida yo repetí exactamente el mismo patrón.
Demasiadas, pero demasiadas veces, con demasiadas personas distintas. Desde niña yo le he invertido absolutamente todo a mis amigos. Mis amistades siempre han sido de lo más importante para mí.
Pero el patrón que seguía repitiendo era que tan pronto llegara el momento en que yo necesitaba que ese amigo estuviera ahí para mí, desaparecía. Me borraba por completo de su vida, me bloqueaba, lo que llaman ghosting. Como si alguien fuera un fantasma que se desvanece de tu vida.
Y me seguía pasando, y lo repetía. Y claro, al principio uno se echa toda la culpa. Uno dice, no, es que yo no merezco amor.
Claro, si me votan así es porque yo no valgo nada, etcétera, etcétera, etcétera. Pero finalmente llegó un punto en donde dije, no, no, el problema no soy yo, el problema son ellos, yo valgo mucho, yo merezco que me traten bien, yo siempre he estado ahí para ellos, y si ellos no están ahí para mí cuando yo los necesito, el problema son ellos. Pero cuando me siguió pasando, finalmente tuve que decir, bueno, de pronto el problema aquí sí soy yo.
Porque es que no es normal que se repita exactamente lo mismo con tantas personas diferentes a lo largo de tantos años. Tengo que estar haciendo algo yo que me siga trayendo los mismos resultados. Si quieres saber más sobre estar atrapado en patrones que se repiten vez tras vez tras vez, escucha mi episodio El León Rojo.
Y llegué a una conclusión que uno diría que es muy obvia, que es muy simple, pero que ha sido de los aprendizajes que más me han cambiado la vida. Y fue esta revelación. Si deseo recibir en la medida en que doy, tendré que obligarme a dar en la medida en que recibo.
En otras palabras, si alguien invierte tiempo, cariño, esfuerzo en mí, yo debo invertir tiempo, cariño y esfuerzo en ellos. Pero si alguien no invierte en mí, yo tampoco puedo invertir en ellos por más que quiera. Si alguien me da lo mínimo, yo tengo que darle lo mínimo también, incluso si eso va en contra de mi naturaleza.
Si ellos suelen demorarse varios días en responderme a mí, la próxima vez que ellos me escriban, así yo quiera responder inmediatamente, me voy a obligar a esperar. Me voy a demorar el mismo tiempo en responder que ellos se demoran en responderme a mí. ¿Y qué pasó? Pues que cada vez nos íbamos alejando más y alejando más.
Porque a medida que yo daba menos, ellos daban menos. Y me tocó descubrir que aunque ellos eran prioridad para mí, yo no era prioridad para ellos. No necesariamente era que fuera gente mala, simplemente no estaban dispuestos a invertir en mí lo que yo sí estaba dispuesta a invertir en ellos.
Y por lo tanto, por más que me doliera, no eran para mí. Porque si yo no era su prioridad, ellos no tenían por qué ser la mía. Eso fue muy, muy, muy duro para mí.
Tenía un amigo al que quería mucho, que estaba pasando por un mal momento. Y normalmente, como amiga, mi primer instinto es correr hacia esa persona, decirle, aquí estoy, cuenta conmigo. Si quieres, me llamas, no importa que sean las 3 de la mañana.
¿Cómo te ayudo? Y precisamente una de las razones por las cuales siempre quiero estar ahí para el otro es porque sé lo terrible que es sentirse solo. Porque sé lo mucho que ayuda tener un amigo ahí, una persona que te apoye, así sea solo con escuchar. Y tuve que ejercer muchísima fuerza de voluntad para no hacerlo, porque sabía que él no haría lo mismo por mí.
Si él me pedía ayuda, bueno, no era capaz de negarme a prestar ayuda si alguien me la pedía. Luego tendría que aprender eso también. Pero el solo hecho de no ofrecer esa ayuda ya era difícil.
Y no se imaginan cuántas amistades perdí, cuántas relaciones que importaban muchísimo para mí se esfumaron. Porque a medida que yo daba menos, ellos daban incluso menos. Y a medida en que yo daba menos, ellos daban incluso menos.
Y la relación se acabó, porque yo era la única que lo sostenía. Uno puede creer que tiene una relación súper buena y equitativa porque hablamos, hacemos de todo juntos. Pero ¿quién es el que toma la iniciativa? Eso lo descubrí con una amiga también, que fue parte de todo ese patrón que estaba repitiendo que en el primer momento en que yo la necesitaba, ella se esfumó de mi vida.
Y no me la podía creer, porque yo decía, pero ¿cómo? O sea, nosotras somos tan cercanas. No estamos en el mismo espacio geográfico, pero hablamos seguido, nos llamamos, nos escribimos, compartimos. Pero después me puse a echar cuentas cuando ella se esfumó y me di cuenta.
Ah, claro, es que hablamos tanto porque yo soy la que llamo. Y me di cuenta que en todo el año que yo llevaba por fuera y que llevábamos una relación tan cercana, o por lo menos eso creía, ella nunca me llamó a mí primero. Siempre era yo la que tomaba la iniciativa.
Y me parecía que teníamos una relación muy fuerte y muy bonita porque interactuábamos mucho, pero todo venía desde mí. Y cuando yo ya no tenía la energía de tomar la iniciativa y de estar pendiente de ella, todo se desvaneció, porque de parte de ella no había nada. Y me fui quedando sola.
Uh, y sí que es duro quedarse solo. Pero ¿sabes algo? Ya estaba sola. Ya estaba sola.
Y eso sí que es peor. Estar solo estando acompañado.
Pero esa fue solo una parte de esa lección tan fundamental que me cambió tanto la vida.
Sí, entre menos me daban, tenía que obligarme a dar menos. Pero la otra parte es, entre más me dan, más debo dar. Estaba de viaje cuando todo esto estaba pasando lejos de mi círculo y mi comunidad, y vi que habían personas que de vez en cuando de la nada me escribían para saludar, cosa que yo hacía con muchísima frecuencia con las amistades y las relaciones que importaban para mí.
Y normalmente las personas que me escribían como para saludar, para ver cómo estaba, cómo iba el viaje, eran conocidos, eran personas que no eran tan cercanas y que por lo tanto, pues entonces les respondía como muy de vez en cuando. Pero ahora dije, listo, voy a ver qué personas han estado pendientes de mí en mi viaje, y voy a estar más pendiente de ellas. Así que en vez de llamar a saludar a las personas de siempre, a las más cercanas, empecé a escribirle y a llamar a las personas que me habían escrito a mí, incluso si no tuviéramos un vínculo muy fuerte.
Y vi que esas personas se ponían muy contentas y que me volvían a escribir y que volvían como con más frecuencia a contactarme, y que me respondían muy rápido si yo les decía algo. Entonces dije, bueno, a medida en que me dan, voy a dar.
Y para mi gran sorpresa, cuando empecé a dedicarles más tiempo, empecé a descubrir, wow, qué persona tan interesante, cómo no lo había visto antes.
Y una de esas personas que me daba mucho, y que por lo tanto yo empecé también a darle mucho a él, terminó siendo el amor de mi vida. Jamás me lo imaginé, pero me lo hubiera perdido por completo si no hubiera aprendido esto, si no hubiera cambiado esto. Y empecé a cultivar relaciones nuevas, y esta vez si eran relaciones de verdad, porque venían de parte y parte, no era solo yo.
Si de repente yo ya no tengo energía para dar, no se va a caer todo, porque ya he visto que ellos me aportan a mí, incluso cuando yo no les estoy aportando a ellos. También como ellos saben que yo he dado y dado, si llego a pasar por un momento en donde no tengo nada para dar, saben que no va a ser para siempre. Y eso es lo que es una relación.
Cuando tú eres la única persona que toma la iniciativa, cuando tú estás jalando y jalando, cuando tú lo pones todo, lo haces todo, eso no es una relación. Una relación se construye cuando todas las partes involucradas aportan. No siempre tienen que aportar en la misma medida, siempre.
Habrán épocas en que uno aportará más que el otro, porque no sé, porque está teniendo un mal día, o porque está enferma. Pero a fin de cuentas, tiene que haber un equilibrio. Por lo menos cuando estamos buscando una relación de iguales, como una amistad o una pareja.
Ya la cosa es distinta cuando es una relación de ayudante a beneficiario, ¿cierto? Como docente a alumno, pastor a drogadicto, madre a bebé, cosas así. Aunque incluso en relaciones de ayudante a beneficiario, el ayudante tiene que recibir de algún lado, porque uno no puede dar de lo que no tiene. Pero en relaciones de pares, de iguales, en amistades, en parejas, todos tienen que aportar.
Y todos tienen que aportar en la medida que aporta el otro, porque si no, no hay nada.
Y cuando yo entendí esto, rompí el patrón. No he vuelto a repetir ese patrón que vengo repitiendo desde que era niña.
No me ha vuelto a abandonar nadie. Porque ahora las personas que más me importan, son personas a quienes yo también le importo. Mis amistades antes, finalmente entendí que yo no les importaba.
Les afectaba, sí. Pero cuando a uno le importa algo, está dispuesto a tomar acción. Y si uno no está dispuesto a tomar acción, si uno se lava las manos y se va, es que realmente no le importa.
Antes de entregarle todo a alguien, pregúntate, ¿esta persona haría lo mismo por mí? Si muchas veces te pasa que sientes que das más de lo que recibes, ponte a analizar. ¿Quién toma la iniciativa? Si siempre eres tú, ¿qué sucede si la dejas de tomar?
Si quieres recibir en la medida en que das, tienes que obligarte a dar en la medida en que recibes. Es posible que pierdas relaciones muy importantes para ti.
Es posible incluso que te quedes sola. Pero si eso pasa, es porque ya estás sola. Y no te preocupes.
Puedes ir forjando nuevas relaciones con personas que te ven a ti como una prioridad, así como tú las ves como prioridad a ellas. No seas el árbol del cuento. Haz que tú seas tu propia prioridad.
Cambia tu forma de dar y verás que recibirás más de lo que jamás te pudiste haber imaginado. Porque eso también es vivir con valor.
Gracias por escuchar mis historias.
Ahora ve a vivir las tuyas.